de Shirley Jackson

Shirley Jackson nació en 1916, en California, y vivió una vida marcada por la ansiedad, el aislamiento y una sensibilidad que pocas personas comprendieron en su época. Fue una mujer que escribió desde la sombra, desde ese rincón donde la vida cotidiana se vuelve demasiado ruidosa y donde la mente busca refugio en mundos que parecen más seguros que el propio. Su obra fue recibida con admiración y también con rechazo, porque Jackson tenía esa capacidad incómoda de mostrar lo que la sociedad prefería no ver: la fragilidad, la violencia silenciosa, la soledad que se instala en las casas como un huésped permanente. Siempre hemos vivido en el castillo fue publicada en 1962, cuando ya había alcanzado su madurez literaria, y muchos dicen que es su novela más íntima, más reveladora de su propio encierro emocional.
La historia de Merricat y Constance, dos hermanas que viven aisladas en una casa que parece suspendida en el tiempo, me tocó de una forma que no esperaba. Mientras leía, sentía que Jackson no hablaba solo de ellas, sino de todas nosotras —las mujeres que hemos aprendido a construir castillos internos para sobrevivir a lo que nos hiere, a lo que nos confunde, a lo que nos exige más de lo que podemos dar. Hay algo profundamente espiritual en ese encierro: la casa como templo, pero también como prisión; la rutina como protección, pero también como repetición que nos asfixia.
Merricat, con su mundo interior lleno de rituales, supersticiones y silencios, me recordó esa parte de mí que necesita orden para no derrumbarse. Constance, con su dulzura y su resignación, me recordó a tantas mujeres que han sostenido familias enteras sin que nadie se dé cuenta del peso que cargan. Y la casa… la casa es ese lugar donde guardamos lo que no queremos que el mundo vea.
Mientras avanzaba en la lectura, me preguntaba cuántas veces yo misma he vivido en mi propio castillo. Cuántas veces he cerrado puertas para protegerme. Cuántas veces he preferido el silencio antes que enfrentar el ruido exterior. Y también cuántas veces ese silencio se volvió demasiado grande, demasiado pesado.
Jackson no escribe sobre fantasmas. Escribe sobre heridas. Sobre la forma en que una familia puede romperse y seguir viviendo entre los restos. Sobre cómo el miedo moldea nuestras decisiones. Sobre cómo la sociedad castiga a quienes no encajan en su molde.
Este libro me hizo pensar en la espiritualidad como un acto de resistencia: mantener un espacio propio, íntimo, sagrado, donde nadie pueda entrar sin permiso. Pero también me hizo pensar en la necesidad de abrir una ventana, aunque sea pequeña, para que entre un poco de aire, un poco de vida.
¿Y tú? ¿Has sentido alguna vez que vives en tu propio castillo? ¿Que el mundo afuera es demasiado ruidoso, demasiado exigente, demasiado rápido?
Yo sí. Y quizá por eso este libro me acompañó más allá de sus páginas.
Mi puntuación: 4,5/5
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